FLUSH

A través de la mirada canina
Virginia Woolf (1882-1941) siempre presentó en sus libros ese pequeño mundo exterior e interior de una mujer inteligente, quizá poco equilibrada, pero atenta siempre a la reseña de pormenores mínimos que ella vivió. Que ella era. Que ella contemplaba. Así, fue junto con Proust, Joyce y Kafka, la renovadora de una narrativa que sustituye el realismo tradicional por un impresionismo poético.
Quizá Las olas, Al faro, La señora Dalloway, o sus Diarios son textos más importantes que este Flush en la obra de Virginia Woolf. Aún así, Flush es un primoroso relato en el que la autora cuenta la vida de un perro cocker spaniel llamado Flush, perteneciente a la poetisa inglesa Elizabeth Barrett. Observando al animal transmite una semblanza biográfica de la protagonista, a la vez que traza un magistral cuadro de la sociedad británica en la época victoriana.
Flush no es el Truciolo de la burguesía media de Sándor Márai, ni el perro norteamericano, de dudosa raza y azarosa existencia, del Tombuctú de Paul Auster. Su simple descripción, en plena juventud, nos lleva ya, de improviso, al impresionismo poético anteriormente comentado: «Tenía ese matiz especial marrón oscuro que reluce al sol "como el oro". Sus ojos eran "unos ojos atónitos color avellana". Las largas orejas "le enmarcaban la cabeza como una capota, sus "piececitos" estaban "endoselados con mechones" y la cola era ancha».
La narración está llena de originalidad, y el buen estilo literario de la escritora inglesa queda patente en esta obra, plena de ternura y profundidad psicológica. Su prosa sobria, sencilla, ajena a toda estridencia, demuestra un elevado equilibrio lingüistico y un excelente dominio de la técnica narrativa, especialmente en la sucesión cronológica de los acontecimientos.
Virginia Woolf sabe, en su literatura, expresar sus ocultas —y no tanto— fobias, y sus goces refinados, las sutiles intuiciones de su alma femenina y los desasosiegos o decaimientos de su espíritu, proclive a las crisis nerviosas.